domingo, 4 de diciembre de 2011

Amantes 1


-Amor…  – me dijo mientras yo pasaba apurada delante de él- te pusiste al revés la remera- y me sonrió.  Devolviéndole la sonrisa, dejé sobre la mesa la taza de café que llevaba en la mano y me quité la blusa y la acomodé. Me gusta usarla, me deja al descubierto un hombro y me hace ver sexy. Me acerqué a él y lo besé despacio, como señal de agradecimiento a su atención. El siempre estaba atento a mí y mis despistes. Mientras lo besaba sentí el aroma del  champú en su pelo. Cualquier fragancia le quedaba bien. Me hizo girar, sacó una pelusa del ruedo de mi pollera y acomodó la etiqueta del cuello. Tomé nuevamente la taza y empecé a ojear el diario, aún me cuesta leer diarios online y recibo mi periódico cada mañana.
-¿A qué hora salís esta noche?- me preguntó. Lo miré por encima de mis lentes. Tenía un día duro. Dos casamientos, uno al mediodía y otro a media tarde. – Supongo que a las nueve.- no es fácil peinar a dos novias.
-Paso por la peluquería y nos vamos a cenar, inauguran esta noche un restaurant japonés que quiero que conozcas. Tiene una decoración que creo te va a fascinar.
- ¿Entonces va a ser mejor que  lleve ropa para cambiarme?- le pregunté pero lo negó con la cabeza como dándome a entender  que así estaba bien vestida.
Terminé el café, vi en Sociales que anunciaban el casamiento de la tarde y dejé la taza y el diario sobre la mesa. Empecé a controlar que las herramientas estén todas y completas. Él me alcanzó mi chaqueta bien planchada y me pidió que no la arrugue. Siempre me repetía que además de mi trabajo, la estética era muy importante.
Fue una tarde agitada, la novia de la mañana era bellísima y no costaba nada hacerla relucir. A la de la tarde los nervios le jugaban una mala pasada, lloraba y había que retocarle el maquillaje y hasta último momento no estuvo conforme con el peinado.
A las nueve pasó a buscarme por la peluquería y nos fuimos de la mano al restó japonés. No me gusta mucho su círculo de amistades. Creo que nadie tiene idea de cómo es él.  Los flashes no paraban.  Me senté con un grupo de desconocidos alejados del bullicio de la prensa. Su esposa aún no llegaba. Me molesta que me someta a estas situaciones. No necesito que me lleve para saber lo que siente por mí.
Se acercó varias veces a mi mesa y en una de las tantas me preguntó si me gustaba la decoración. No llegue a responderle porque su mujer entraba por la puerta. Aun no entiendo como puede soportar saber  que está conmigo y no dejarlo.
Estoy cansada y pienso en irme. Él no va a querer.
La música suena despacio, mientras fumo un Virginia lo veo desaparecer.
Escapemos juntos- decía el mensaje- ahora.
Salí sin despedirme, él me esperaba en el auto.
-Vamos  a tu casa esta noche. No quiero volver a mía – dijo – me voy a separar.
Fingí creerle, una vez más mientras me llevaba por Palermo.

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foto: Rita Saardi